Por Fausto Xicotencatl
Los grandes cambios no nacen del poder, nacen de una idea sencilla: poner a las personas al centro. Así lo entendieron figuras como Mahatma Gandhi, Martin Luther King y la Madre Teresa de Calcuta. Distintos contextos, una misma convicción: sin dignidad humana no hay justicia ni progreso.
Esa idea quedó resumida hace siglos en una frase contundente: “Nada humano me es ajeno”. Hoy, en México, esa reflexión vuelve a ser urgente. La gente ya no quiere discursos lejanos ni números que no se sienten en la vida diaria. Quiere respeto, justicia y condiciones reales para vivir mejor. De eso trata el Humanismo Mexicano. No es una consigna ni una moda política. Es una visión que cuestiona un modelo que durante años puso los intereses y las cifras por encima de las personas. Un modelo que normalizó la desigualdad y alejó al gobierno de la realidad de la calle.
El Humanismo Mexicano parte de algo básico: la política solo tiene sentido si mejora la vida cotidiana. El desarrollo no se mide solo en indicadores económicos, sino en si hay seguridad en las colonias, justicia que funcione, oportunidades reales y dignidad para todas y todos.
También implica memoria e identidad. México no es solo estadísticas; es comunidad, pueblos originarios, historia, valores y resistencia. Reconocer esa raíz es clave para construir un país donde nadie sea tratado como descartable.
Desde esta mirada cobran sentido esfuerzos ciudadanos como el Observatorio Nacional Ciudadano de Evaluación y Fiscalización de Políticas Públicas (ONCEFPP), que parten de una idea clara: vigilar al poder para que las decisiones públicas sirvan a la gente y no a unos cuantos.
Hoy más que nunca hace falta recordar que gobernar es servir. Que la autoridad es responsabilidad, no privilegio. Y que ningún proyecto vale la pena si deja a alguien fuera.
Eso es, en esencia, el Humanismo Mexicano.
Firma Fausto Xicotencatl Maceda Chávez
Comisión Estatal Anticorrupción ONCEFPP Voluntariado de la ONU


